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Con frecuencia hablamos de los adultos mayores pensando en sus
necesidades o limitaciones, pero pocas veces nos detenemos a pensar en cómo
viven ellos esta etapa o en cómo cambia la dinámica de toda la familia cuando
comparten el mismo hogar.
En Perú, se considera adulto mayor a toda persona de 60 años a más. Pero
esta definición responde a un criterio de edad, no de capacidad. Hay quienes
llegan a esa etapa con buena salud, continúan trabajando, practican deporte,
viajan, aprenden cosas nuevas y mantienen plena independencia.
Otros, en cambio, comienzan a experimentar cambios físicos, cognitivos o
ambos, que hacen necesario recibir algún tipo de apoyo.
Cuando algunas capacidades empiezan a disminuir, los cambios no solo
ocurren en el cuerpo; también aparecen emociones difíciles de expresar. Para
muchas personas puede resultar frustrante necesitar ayuda para realizar
actividades que antes hacían sin esfuerzo.
Otras pueden sentir que han perdido independencia, que su opinión ya no
se toma en cuenta o que comienzan a convertirse en una carga para quienes más
quieren.
No todas las personas mayores viven esta experiencia de la misma manera,
pero comprender que estos sentimientos pueden estar presentes nos ayuda a
relacionarnos con mayor empatía.
En ocasiones, con la mejor intención, la familia empieza a hacer todo
por el adulto mayor. Responde por él, decide por él, lo interrumpe porque tarda
más en hablar o lo trata con el mismo lenguaje que usaría con un niño. Y aunque
estas conductas nacen del cariño o de la preocupación, pueden afectar algo muy
importante: su dignidad.
Siempre que sea posible, conviene permitir que el adulto mayor siga
haciendo aquello que aún puede realizar por sí mismo. Tal vez tarde un poco
más. Tal vez necesite ayuda en algunos momentos, pero conservar espacios de
autonomía también ayuda a preservar su autoestima.
Escucharlo, preguntarle su opinión, respetar sus tiempos, hacerlo
partícipe de las decisiones que tienen que ver con él y hacerlo sentir parte de
la vida familiar son gestos sencillos que transmiten un mensaje muy poderoso:
“Sigues siendo importante para nosotros”.
Convivir con un adulto mayor requiere amor, responsabilidad y compromiso
con la forma en que lo tratamos.
La familia también vive cambios… asumir el cuidado de un adulto mayor
implica reorganizar horarios, responsabilidades y, muchas veces, prioridades.
No todas las familias cuentan con recursos para contratar un cuidador ni
pueden distribuir las tareas entre varias personas.
En muchos hogares, una sola persona termina asumiendo toda o gran parte
de esta responsabilidad.
Esa realidad puede generar cansancio, preocupación e incluso conflictos
familiares. Reconocerlo no significa querer menos al adulto mayor. Significa
aceptar que quien cuida también tiene necesidades, proyectos, metas y
emociones. Cuidar de alguien no debería implicar dejar de vivir la propia vida.
Buscar momentos para continuar estudiando, trabajando, desarrollando un
emprendimiento, compartiendo con otras personas o simplemente descansando no es
un acto de egoísmo. Es una forma de cuidar también la salud física y emocional
de quien acompaña.
Cada familia encontrará su propio equilibrio. No existen fórmulas
perfectas ni soluciones que funcionen para todos. Lo importante es recordar que
cuidar no consiste solo en atender necesidades físicas. También implica
preservar la dignidad, la autonomía y el sentido de pertenencia del adulto
mayor, mientras quienes lo acompañan continúan construyendo su propio proyecto
de vida.
Si este tema despertó alguna reflexión en ti, quiero despedirme
compartiendo un poema que escribí hace algún tiempo en homenaje a los adultos
mayores:
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¡Conectamos con lo que sentimos!
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