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Hay actividades que comienzan como entretenimiento o como una forma de desconectarse de la rutina: un casino, apuestas en línea, una tarde de póker o cualquier dinámica donde el dinero también entra en juego y que, al inicio, pueden parecer inofensivas.
No siempre se entra buscando ganar dinero… tampoco perderlo.
A veces se entra buscando algo muy distinto: olvidar un mal momento, despejar la mente, reír con amigos, sentir libertad, salir de la rutina o simplemente pasar un buen rato.
Pero hay algo que no se ve al inicio: el juego mental.
Porque el juego no ocurre solamente en una pantalla, una mesa o una máquina. También empieza a pasar en la mente: “una más”, “ahora sí recupero”, “la última”.
Y cuando llega una ganancia cargada de emoción y adrenalina, aparece una especie de nube que, por un instante, hace que todo lo demás pierda importancia:
• Lo que había que pagar
• Lo que querías comprarte
• El proyecto en el que pensabas invertir
• Algo que necesitabas resolver
Y es ahí donde el juego comienza por dentro, porque mientras una parte disfruta la emoción del momento, otra deja en segundo plano cosas importantes sin darse cuenta.
El impacto tampoco queda solo en el dinero o en el tiempo invertido. A veces empieza a ocupar espacio que antes daba lugar a otras cosas: proyectos, habilidades, metas personales o responsabilidades.
Y no siempre se trata únicamente de dinero o tareas pendientes. También pueden comenzar a desplazarse momentos con valor personal: una reunión de padres en el colegio, una celebración familiar o laboral, o situaciones a las que antes les dábamos un significado especial.
Porque cuando el juego mental empieza a ganar terreno, no se trata solo de aquello que se pierde sino también de aquello que deja de vivirse.
Porque existe una gran diferencia entre esperar una posibilidad y construir un resultado.
La emoción del juego suele estar en la expectativa y en la incertidumbre de “Puede que la haga”, “Hoy me toca”.
Pero desarrollar una habilidad, entregarse a un proyecto o fijarse y avanzar hacia una meta puede dejar algo diferente: la satisfacción del logro.
Reconocer: ¡Lo logré!
Quizás valga la pena preguntarnos:
¿Y si comenzara a apostar más por mí que por una posibilidad?
Importante:
Esto no se trata de juzgar ni de asumir que toda distracción se convierte en un problema, eso no es así.
¡Conectamos con lo que sentimos!
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