Jubilado (a)… ¿y ahora qué?

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Cuando la jubilación parece borrar años de experiencia.

Durante años las personas estudian, aprenden, se esfuerzan, adquieren experiencia en determinado trabajo y aportan a la sociedad.


Sin embargo, llega un momento en que el empleador o el propio sistema laboral del país deciden que el ciclo terminó y tiene que jubilarse.


Aun así, la capacidad física se mantiene, la capacidad intelectual también. La experiencia acumulada sigue ahí, porque los conocimientos no desaparecen de un día para otro.


Muchos jubilados todavía tienen energía, ideas, conocimientos y deseos de participar. No buscan necesariamente jornadas agotadoras ni grandes responsabilidades. Lo que desean es sentirse vigentes y mantener un propósito.


Es en esta etapa cuando las personas dejan de ser consideradas “aptas” para trabajar. Son retiradas de listas, proyectos y convocatorias donde antes postulaban, lograban ingresar, eran reconocidas y también remuneradas por su experiencia.


Hoy al jubilarse no solo se deja un empleo. Muchas veces también se cierran espacios donde la experiencia aún podría seguir aportando.


Contradictoriamente, cuando una persona alcanza su máximo nivel de experiencia profesional, la sociedad comienza a verla como alguien que ya debe retirarse.


La experiencia es uno de los recursos más valiosos de un ser humano y, con frecuencia, no es reconocida o es desperdiciada. Al jubilarse, algunas personas sienten que dejan de ser tomadas en cuenta. Ya nadie les pregunta, nadie consulta su opinión, nadie aprovecha lo que saben.


Por otro lado, el problema no solo es dejar de percibir un sueldo, sino también dejar de socializar. En muchos casos, las pensiones resultan insuficientes para cubrir las necesidades básicas o mantener la calidad de vida alcanzada tras años de trabajo. Entonces, la jubilación no solo implica cambios económicos, sino también emocionales y sociales.


Es como si la jubilación no solo pusiera fin a una etapa laboral, sino también a una parte de su identidad. La persona sigue ahí, pero se vuelve invisible.


Por tanto, habría que replantear la forma en que entendemos la jubilación. Dejar de trabajar no debería significar dejar de aportar.


Existen jubilados capaces de enseñar, asesorar, orientar, acompañar proyectos, transmitir conocimientos y seguir construyendo valor para la sociedad.


La pregunta no debería ser cuántos años tiene una persona, sino qué puede aportar todavía.





¡Conectamos con lo que sentimos!



 

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