Instrucciones vs. Órdenes

 

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Las interpretamos como si fueran lo mismo, pero no necesariamente lo son.

Una instrucción orienta sobre lo que debe hacerse. Es clara, firme y está dirigida a alguien que debe seguirla.
Una orden también indica lo que debe hacerse, pero prevalece la obligación de cumplirla.
Para pedir lo que necesitamos, podemos dar una indicación clara y esperar que se cumpla sin necesidad de humillar, amenazar o imponer.
Sin embargo, a veces solemos utilizar nuestra posición para exigir obediencia sin explicar, sin escuchar y sin dejar espacio para nada más que el cumplimiento.
Y es más, autoridad y poder no siempre aparecen por separado. Hay personas, condiciones y situaciones en las que ambos están presentes. Un cargo, una responsabilidad, una relación o una circunstancia pueden otorgarnos autoridad y, al mismo tiempo, poder para decidir o influir sobre otros.
El problema no es necesariamente tener autoridad y poder. Lo importante es asumir la responsabilidad que conllevan.
Cabe mencionar que, tener poder no convierte automáticamente a alguien en abusivo; del mismo modo que tener autoridad no garantiza que se la ejerza correctamente.

• Un padre puede poner límites sin someter a sus hijos.
• Un jefe puede dar instrucciones sin tratar a sus colaboradores como personas sin voz.
• Una pareja puede expresar lo que necesita sin convertirlo en una exigencia.
• Una persona puede ejercer una responsabilidad sin necesitar demostrar que tiene poder.

Entonces, ¿Cómo ejercemos la autoridad y el poder que tenemos?
No se trata de eliminar las órdenes en nuestra vida. Hay momentos en los que una orden es necesaria, como también es necesario cumplirla.
Se trata de reconocer desde qué lugar ejercemos la autoridad y el poder, y qué estamos construyendo con eso.

No toda instrucción es una orden.
No toda orden es abuso.
Y no toda autoridad necesita imponerse.

¡Conectamos con lo que sentimos!

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