La calle también refleja cómo estamos!


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A veces salimos de casa con la cabeza en otro lugar.
Podemos haber tenido una discusión con nuestra pareja, con un hijo, con el jefe o con cualquiera que haya conseguido alterarnos el día. Y seguimos caminando, manejando o cruzando una calle, pero una parte de nosotros está pensando en lo que pasó, en lo que debimos decir o en lo que diremos después.
La calle sigue ahí, el semáforo también, la gente se mueve. Pero nuestra atención no necesariamente está donde debería estar.
Y algo parecido puede ocurrir cuando suena el teléfono. Esa llamada que estábamos esperando, la que puede cambiar nuestro día, la que nos preocupa. “Solo contesto y ya”. Y ese momento puede ser suficiente para distraernos de lo que ocurre alrededor.
También está esa prisa que todos conocemos: cuando vemos que nuestro bus está por irse y aceleramos el paso, incluso corremos para subir. Cuando queremos llegar rápido y creemos que podemos ganarle al semáforo. En ambos casos, podemos tomar decisiones apresuradas creyendo que estamos ganando tiempo, cuando en realidad estamos asumiendo un riesgo que también podría involucrar a otras personas. Porque en la calle no estamos solos.
Sin embargo, podemos estar haciendo las cosas correctamente y, aun así, encontrarnos con alguien que cruza de manera inesperada, un vehículo que aparece demasiado rápido o una persona que está tan distraída como nosotros.
No siempre podemos anticipar lo que hará el otro.
Y quizás ahí está una de las cosas más difíciles de la convivencia social: entender que nuestra manera de actuar no determina la manera en que actuarán los demás.
Hay días en que estamos tranquilos y atentos. Otros en que estamos cansados, preocupados, molestos, apurados o simplemente pensando en demasiadas cosas la vez.
La calle no cambia porque nosotros estemos teniendo un mal día. Pero nuestra manera de transitarla sí puede cambiar.
Tal vez por eso la educación vial no tenga que ver solamente con conocer señales, respetar semáforos o saber por dónde cruzar. También tiene que ver con nosotros.
Con aquello que llevamos en la cabeza cuando salimos a la calle, con la atención que prestamos, con las decisiones que tomamos en segundos y con la manera en que reaccionamos ante los demás.
Porque a veces el riesgo no aparece solamente en la calle… a veces llega con nosotros.

La pregunta es: 
¿Y tú, qué llevas contigo cuando sales a la calle?

¡Conectamos con lo que sentimos!

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