¡Ya nada me sorprende!

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Partimos de esa frase que decimos con tanta seguridad:
¡A mí ya nada me sorprende!
Pero quizás sí hay cosas que pueden sorprendernos, precisamente porque creemos conocer demasiado bien a las personas, las situaciones y hasta nuestras propias reacciones.
Podemos haber vivido anteriormente una situación parecida y recordar perfectamente cómo reaccionó alguien.
Entonces, cuando algo similar ocurre, esperamos la misma respuesta. Pero no necesariamente se da.
Las personas pueden reaccionar de una manera completamente diferente a como lo hicieron antes. Y aparecen frases como:
• Ella no es así.
• Yo sé cómo va a reaccionar.
¿Estamos tan seguros? La gente cambia.
Cambian sus expectativas, sus prioridades, sus circunstancias, lo que ha aprendido y también su forma de interpretar las cosas.
Por eso, algo que una persona no hizo hace 5 años, quizás hoy sí lo haga. Algo que antes toleraba, quizás ahora ya no. Algo que antes consideraba importante, quizás hoy ya no lo es.
Entonces, qué tan seguros podemos estar cuando decimos:
• Él no haría eso.
• Ella jamás reaccionaría así.
• Yo nunca haría algo semejante.
Hasta que pasa algo que no esperábamos que nos pudiera afectar, molestar, alegrar, indignar o simplemente nos dejara con la boca abierta:
• La reacción inesperada de alguien que conocemos muy bien.
• Algo que descubrimos de una persona y que jamás imaginamos.
• Una situación que creíamos que al repetirse ya no podría afectarnos…y nos afecta.
• Incluso una dolencia inesperada que aparece y puede impedirnos hacer cosas que normalmente hacemos.
No se trata de desconfiar de las personas, se trata de entender que su comportamiento anterior ante determinada situación no nos garantiza cómo actuará en situaciones similares futuras.
Entonces, podemos creer que ya nada nos sorprende, porque pensamos que ya lo hemos visto todo. Pero la vida todavía puede mostrarnos algo que no esperábamos y que no necesariamente tendría que ser malo.
Y tampoco significa sorprendernos por todo, sino simplemente ser conscientes de que hay cosas que no podemos prever. Porque no tenemos todo bajo control, tampoco conocemos todas las circunstancias y, de hecho, no somos los mismos de ayer.

¡Conectamos con lo que sentimos!

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