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Podemos tener bastante claro qué pensamos, qué valores defendemos y qué esperamos de nosotros mismos. Sabemos qué es correcto, qué no estamos dispuestos a aceptar y hasta qué aconsejaríamos a alguien que estuviera pasando por una determinada situación.
Pero una cosa es tener ese conocimiento y otra es actuar de acuerdo al mismo.
Podemos hablar de paciencia y perderla cuando las cosas no salen como queremos. Defender la importancia de escuchar y, sin darnos cuenta, interrumpir a quien intenta comunicarnos algo. Decir que valoramos la sinceridad y omitir algo que podría hacer sentir mal a otra persona o a nosotros mismos.
Y esto no significa que todo lo que pensamos o decimos sea falso.
¿Somos quienes creemos ser o quienes demostramos ser con nuestros actos?
La pregunta puede incomodar un poco, pero no hace falta convertirla en un juicio sobre nosotros mismos. Todos tenemos contradicciones. A veces reconocemos lo que hacemos; otras, encontramos razones para justificarlo.
Podemos saber mucho sobre un tema, comprender por qué alguien actúa de determinada manera e incluso orientar a otra persona, sin haber conseguido resolver todavía esa misma dificultad en nuestra propia vida.
El conocimiento y la experiencia no siempre avanzan al mismo ritmo que nuestra capacidad para ponerlos en práctica.
¿Eso significa que no podemos transmitir lo que sabemos si todavía estamos aprendiendo a aplicarlo? No necesariamente. Podemos compartir una idea valiosa sin presentarnos como ejemplo de todo lo que decimos.
Descubriéndonos a nosotros mismos
Podemos buscar explicaciones para todo o detenernos a pensar si hay algo que necesitamos cambiar. No para convertirnos en personas perfectas, sino para reconocer qué y cuánto depende de nosotros.
Quizás descubramos que necesitamos escuchar más, controlar alguna reacción, cumplir lo que prometemos o dejar de exigir a los demás algo que nosotros mismos no hacemos.
No se trata de cambiarlo todo de golpe ni de reprocharnos cada error.
No siempre podemos actuar como quisiéramos, ni todos tenemos las mismas posibilidades.
Acercarnos a nuestra mejor versión empieza por conocernos como somos, no por imaginarnos como nos gustaría ser.
No necesitamos construir una imagen impecable de nosotros mismos ni demostrarle a nadie que tenemos todo resuelto. Necesitamos observarnos con honestidad y reconocer nuestras contradicciones.
Porque no se trata de ser hoy todo lo que quisiéramos llegar a ser. Se trata de que, paso a paso, lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos coincidan cada vez más.
¡Conectamos con lo que sentimos!
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