!No todo merece una respuesta!

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Vivimos rodeados de palabras: un comentario, una crítica, un mensaje, una opinión, una indirecta y hasta una pregunta que no esperábamos.

Y muchas veces sentimos que tenemos que responder, explicar, aclarar, defendernos, justificarnos o demostrar que tenemos razón.

 

Pero… ¿realmente todo merece una respuesta?

 

Responder no es reaccionar

 

Cuando algo nos incomoda, la reacción suele aparecer primero: contestamos el mensaje, devolvemos el comentario, entramos en la discusión. Es inmediato.

 

Pero a veces ocurre algo todavía más curioso: ni siquiera hemos terminado de escuchar y ya estamos pensando qué vamos a responder.

 

Mientras la otra persona sigue hablando, nosotros estamos preparando nuestra defensa, buscando el argumento, recordando lo que queremos decir o anticipando lo que podría venir después y ya no estamos escuchando del todo. Estamos esperando nuestro turno para hablar.

 

Y entonces podemos terminar respondiendo a lo que creemos que la otra persona dijo, y no necesariamente a lo que realmente dijo.

 

Responder implica detenernos, aunque sea por un instante, y decidir qué hacemos con aquello que acabamos de recibir. Y no siempre la respuesta tiene que ser una palabra.

 

¿Por qué sentimos que debemos responder?

 

Porque el silencio puede incomodarnos, podemos pensar que si no aclaramos algo, los demás creerán que es verdad. Que si no respondemos a una crítica, estamos aceptándola. Que si alguien nos acusa, tenemos que demostrar inmediatamente que está equivocado.

 

Y entonces respondemos, no porque sea necesario, sino porque sentimos que debemos hacerlo.

 

Y también ocurre lo contrario: a veces esperamos una respuesta y olvidamos que la otra persona tiene su propio tiempo. Puede estar trabajando, ocupada, conversando, descansando o simplemente durmiendo. Que nosotros tengamos tiempo para escribir no significa que el otro lo tenga para responder.

Y convertir cada demora en una señal de desinterés, molestia o rechazo puede llevarnos a interpretar erróneamente lo que realmente está ocurriendo.

 

No responder también es elegir

 

A veces simplemente significa:

“Esto no merece mi energía”, “no necesito convencerte”, “no quiero entrar en esta conversación”.

 

Claro que hay situaciones en las que debemos hablar, aclarar, poner un límite o defender nuestros derechos. No se trata de callar, se trata de elegir.

 

Antes de responder…

 

Tal vez basten tres preguntas:

 

  • Ø  ¿Esto realmente necesita una respuesta?
  • Ø  ¿Responder va a cambiar algo?
  • Ø  ¿Estoy respondiendo porque quiero o porque siento que tengo que hacerlo?

 

No siempre tendremos una respuesta inmediata y quizá ahí esté precisamente el punto.

Hay conversaciones que merecen nuestra presencia, hay situaciones que necesitan nuestra voz, hay personas con las que vale la pena aclarar, conversar y hasta disentir.

 

Pero también hay comentarios que pueden pasar de largo, discusiones que no necesitamos ganar y opiniones que podemos dejar donde están: en quien las tiene.

 

No responder no siempre es indiferencia, a veces es criterio, autocuidado.

Y a veces, sencillamente, es entender que no todo merece una respuesta.

 

 

¡Conectamos con lo que sentimos!

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