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Vivimos rodeados de palabras: un comentario, una crítica, un mensaje, una
opinión, una indirecta y hasta una pregunta que no esperábamos.
Y muchas veces sentimos que tenemos que responder, explicar, aclarar, defendernos, justificarnos o demostrar que tenemos razón.
Pero… ¿realmente todo merece una respuesta?
Responder no es reaccionar
Cuando algo nos incomoda, la reacción suele aparecer primero:
contestamos el mensaje, devolvemos el comentario, entramos en la discusión. Es
inmediato.
Pero a veces ocurre algo todavía más curioso: ni siquiera hemos terminado de
escuchar y ya estamos pensando qué vamos a responder.
Mientras la otra persona sigue hablando, nosotros estamos preparando
nuestra defensa, buscando el argumento, recordando lo que queremos decir o
anticipando lo que podría venir después y ya no estamos escuchando del todo. Estamos
esperando nuestro turno para hablar.
Y entonces podemos terminar respondiendo a lo que creemos que la otra
persona dijo, y no necesariamente a lo que realmente dijo.
Responder implica detenernos, aunque sea por un instante, y decidir qué
hacemos con aquello que acabamos de recibir. Y no siempre la
respuesta tiene que ser una palabra.
¿Por qué sentimos que debemos responder?
Porque el silencio puede incomodarnos, podemos pensar que si no
aclaramos algo, los demás creerán que es verdad. Que si no respondemos a una
crítica, estamos aceptándola. Que si alguien nos acusa, tenemos que demostrar
inmediatamente que está equivocado.
Y entonces respondemos, no porque sea necesario, sino porque sentimos
que debemos hacerlo.
Y también ocurre lo contrario: a veces esperamos una respuesta y
olvidamos que la otra persona tiene su propio tiempo. Puede estar trabajando,
ocupada, conversando, descansando o simplemente durmiendo. Que nosotros tengamos tiempo
para escribir no significa que el otro lo tenga para responder.
Y convertir cada demora en una señal de desinterés, molestia o rechazo
puede llevarnos a interpretar erróneamente lo que realmente está ocurriendo.
No responder también es elegir
A veces simplemente significa:
“Esto no merece mi
energía”, “no necesito convencerte”, “no quiero entrar en esta conversación”.
Claro que hay situaciones en las que debemos hablar, aclarar, poner un
límite o defender nuestros derechos. No se trata de callar, se trata de elegir.
Antes de responder…
Tal vez basten tres preguntas:
- Ø ¿Esto realmente necesita una respuesta?
- Ø ¿Responder va a cambiar algo?
- Ø ¿Estoy respondiendo porque quiero o porque siento que tengo que hacerlo?
No siempre tendremos una respuesta inmediata y quizá ahí esté
precisamente el punto.
Hay conversaciones que merecen nuestra presencia, hay situaciones que
necesitan nuestra voz, hay personas con las que vale la pena aclarar, conversar
y hasta disentir.
Pero también hay comentarios que pueden pasar de largo, discusiones que
no necesitamos ganar y opiniones que podemos dejar donde están: en
quien las tiene.
No responder no siempre es indiferencia, a veces es criterio, autocuidado.
Y a veces, sencillamente, es entender que no todo merece una respuesta.
¡Conectamos con lo que
sentimos!
Valioso artículo mi estimada... Gracias 🙏🏾
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